martes, 23 de octubre de 2012

ley de vida, o más bien, vida sin ley.


Salió a buscarlo una fría noche de diciembre, con el frío congelándole las pestañas y la nieve haciendo crujir sus pasos y coronando su melena de pequeñas flores de hielo. Buscó en el espacio vacío de sus armarios, en los pequeños huecos entre las sinuosas líneas de las manos, en las cosquillas perdidas por alguna parte de su cuerpo. Buscó sin rendirse en las clavículas cubiertas de besos, y en los besos escondidos en tímidas comisuras. En las manchas de café para dos en la cocina, en los granos de arena de aquella playa azul, en las sonrisas catalogadas, y en las tardes de niebla paseando por el parque...
Buscó durante tanto tiempo que acabó por olvidar precisamente lo que andaba buscando, y sin apenas darse cuenta, volvió a disfrutar de todas aquellas pequeñas cosas. Sonrisas, el olor del café recién hecho, caricias, cosquillas, escalofríos, besos, olores. Ya no se dedicaba a buscar, sino a encontrar.

Perdoné errores casi imperdonables, traté de sustituir personas insustituibles y olvidar a aquellas inolvidables.
Fui impulsiva, demasiado tímida, me enorgullecí. Seguramente decepcioné, pero también me decepcionaron. Quise, quise mucho, también fui querida, pero muchas veces no supe querer. Hice enemigos, me convertí en enemigo. Hice amigos eternos, fui eterna amiga. Protegí y me protegieron. Juré en vano, mentí. Dije la verdad y solo la verdad, a veces la adorné, distorsioné o simplemente la tapé. Llore y reí a la vez, en contados momentos, con pocas películas y determinadas canciones. Me enamoré de esos ojos, de aquella sonrisa y de aquel tipo. Llamé solo para escuchar esa voz. Tuve miedo y angustia, por nostalgia, por perder o por el simple futuro. Aun queda mucho tiempo para arrepentirse, pero ahora, estoy bien.







Empezó pidiendo tiempo y el espacio que quería era casi exterior, ya se que esto es ley de vida, pero más bien es vida sin ley.